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Eliseo Diego
Voy a nombrar las cosas, los sonoros
altos que ven el festejar del viento,
los portales profundos, las mamparas
cerradas a la sombra y al silencio.
Y el interior sagrado, la penumbra
que surcan los oficios polvorientos,
la madera del hombre, la nocturna
madera de mi cuerpo cuando duermo.
Y la pobreza del lugar, y el polvo
en que testaron las huellas de mi padre,
sitios de piedra decidida y limpia,
despojados de sombra, siempre iguales.
Sin olvidar la compasión del fuego
en la intemperie del solar distante
ni el sacramento gozoso de la lluvia
en el humilde cáliz de mi parque.
Ni tu estupendo muro, mediodía,
terso y añil e interminable.
Con la mirada inmóvil del verano
mi cariño sabrá de las veredas
por donde huyen los ávidos domingos
y regresan, ya lunes, cabizbajos.
Y nombraré las cosas, tan despacio
que cuando pierda el Paraíso de mi calle
y mis olvidos me la vuelvan sueño,
pueda llamarlas de pronto con el alba.
***
Y la Calzada de Jesús del Monte estaba hecha, aquel día cuando ascendí, por la contemplación de la miseria, a ver la pobreza de mi lugar naciendo; estaba hecha de tres materias diferentes: la piedra de sus columnas, la penumbra del Paso de Agua Dulce y el polvo que acumulaban sus portales.
***
Rehacen las materias el canto llano de su pesadumbre
a la hora ceniza en que la tarde lacia duerme
por el vacío volviendo hasta colmar el hondo pecho de la calma.
El son de la madera, su espesura total, cerrada noche
donde las manos alzan los sonidos oscuros, lentas aves
que por la noche se hunden como cruzando ciegas la memoria.Las cornisas, la grave declamación de su reposo
sobre la inconmovible sensatez de los pórticos
con sus pesos colmados en la medida fiel del bajo.
Los vidrios que maldicen con agudo furor sus formas
y en la familia irrumpen y aíslan de pánico las cosas
las implacables miniaturas cuyo revés pensó mi angustia.Los hierros armoniosos que van en las carretas
iluminando reciamente alegres la pobreza
cuando las nubes rezagadas en mala sombra nos sepultan.Y las campanas, jueces de voz terriblemente bella
que nombran en el bronce la estatura de la tierra
donde tus huesos crujen, calle, con la promesa enorme de mi muerte.