No parece ocioso vincular la alta concepción del estilo que presenta la obra de Lezama con la concepción a un tiempo trágica y dichosa del destino que impera en ella. Leemos un momento paradigmático del anudamiento del «splendor formae» con la noción de cumplimiento del destino poético en el diálogo que sostienen José Cemí y doña Augusta en el episodio de la muerte de esta última narrada en Paradiso : «...–Abuela, cada día siento más lo que mamá se va pareciendo a usted. (...) ustedes dos parecen dictadas, como si continuasen un sonido...No tienen interrupciones, cuando hablan no parece que buscan las palabras, sino que siguiesen un punto, que es el que lo aclara todo. Es como si obedeciesen, como si hubiesen hecho un juramento para que la cantidad de luz no disminuya en el mundo, se sabe que ustedes han hecho un sacrificio, que han renunciado a muy extensas regiones, yo diría que hasta a la vida misma, si una vida maravillosa no apareciera en ustedes, en una forma tal que los demás no sabemos ni para qué existimos, ni cómo llevamos nuestros días...(...) –Pero, mi querido nieto Cemí, tú observas todo eso en tu madre y en mí, porque lo propio tuyo es captar ese ritmo de crecimiento para la naturaleza. Una lentitud muy poco frecuente (...) Tú hablas del ritmo de crecimiento de la naturaleza, pero hay que tener mucha humildad para poder observarlo, seguirlo y reverenciarlo. En eso yo también observo que tú eres de nuestra familia, la mayoría de las personas interrumpen, favorecen el vacío, hacen reclamaciones, torpes exigencias, o declaman arias fantasmales, pero tú observas eses ritmo que hace del cumplimiento, –del cumplimiento de lo que desconocemos, pero como tú dices, nos ha sido dictado– el signo principal de nuestro vivir. Hemos sido dictados, es decir, éramos necesarios para que el cumplimiento de una voz superior, sin intervención de la voluntad casi, es decir, una voluntad que ya venía envuelta por un destino superior, nos hacía disfrutar de un impulso que era al mismo tiempo una aclaración...» [Cf. op. cit., México: Colección Archivos de la UNESCO, 1988. Edición crítica al cuidado de Cintio Vitier, p. 365]

En Lo cubano en la poesía, Cintio Vitier anota «...intenta Lezama conjurar la ausencia de finalidad contra la cual ha venido debatiéndose nuestra poesía republicana. De Casal tiene, pero abriendo sus radios a dimensiones que aquél no sospechaba, la pasión absoluta del destino poético. De Martí, la ávida curiosidad integradora, el pleno de la lengua, y el sentido hispánico de resistencia y fundación. Un ardiente frío lo recorre, una voluptuosidad trágica, un distanciamiento doloroso, una ternura criolla de regaladas horas con resguardo vasco. Es el único entre nosotros que puede organizar el discurso como una cacería medieval. El único capaz de desfruncirle el ceño a don Luis de Góngora. La Habana se enorgullece de este señor de la poesía que la ilustra y la funda de nuevo en el esplendor de la imagen. Pero es también el único que ha saboreado en ella la soledad prometeica de la roca nocturna, que oye siempre en el festejo las voces antifonales del día de la ira.

Nosotros damos gracias por su gracia, por su plenitud...» [ Cf. op. cit., La Habana: Instituto del Libro, 1970; p.p. 467-468 ]

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