En la ya célebre carta que Lezama le escribe a Cintio Viter en el otoño de 1944 para agradecerle la consideración que aquél le había dispensado en su libro Experiencia de la poesía, es posible leer a propósito de la fuga la siguiente formulación: «¿Huye la poesía de las cosas? ¿Qué es eso de huir? En sentido pascaliano, la única manera de caminar y de adelantar. Se convierte a sí misma, la poesía, en una sustancia tan real, y tan devoradora, que la encontramos en todas las presencias. Y no es paradoxo modo, porque la encontramos con una opinión recta, evidente, donde no cabe el desvío en relación con la costumbre. Y no es el flotar, no es la poesía en la luz impresionista, sino la realización de un cuerpo que se constituye en enemigo y desde allí nos mira. Pero cada paso dentro de esa enemistad, provoca estela o comunicación inefable. Si avanzo dentro de un enemigo, apenas me doy cuenta de esa fatalidad, yo ya entonces contemplo lo hecho, que prefiere no dar la mano, sino dirigirse a otra enemistad. Pero no para lograr lo que algunos dentro del subjetivismo kantiano, entre ellos Coleridge, han cumplido como afirmación del yo de nuestra pertenencia, absoluto entelequio, rollizo dentro de su interioridad Only to preserve –nos dice Coleridge–, the soul steady and collected in its pure acts of inward adoration to the great I am». Lo que durante muchos años de romanticismo (alemán) se creía que era al revés, contradicción del cuerpo, o de la otra mitad del anticipo admitido, lo estamos sintiendo ya como peso (...) muchas veces la participación en el reverso oscuro es un tanto animística, como si dijésemos una retórica en la preparación del dolor. Porque ese dolor al hacerse más interminable, se hace más fuerte pero más invisible. El peso del sabor lo sentimos en la boca cuando no hablamos; el peso del mundo exterior, en la supresión de éste, es decir, en la visión creadora. Pero el peso poético lo sentimos en nuestro cuerpo al formar la poesía un cuerpo que no es el nuestro, y que tal vez lo abandonemos, pero como en el viaje de los pobres, sabemos que no podemos tocar dos veces el puerto donde hicimos una amistad momentánea... [Cf. Rev. escrita Nº 8, Córdoba, mayo de 1986.]

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