Campo Santo.

 

 

por mi mano plantado tengo un huerto

 

 

Entrábamos, en medio de la mañana fresca, amarilla, y caminábamos, calmos, por los  pasos sombreados que nos llevaban al huerto amplio, donde decían que estaban las casitas, siempre austeras. Allí, acomodábamos, con una inmensa lentitud, las flores. Allí, iríamos a vivir, un día, todos. Allí, donde era posible correr y jugar con los perros, que esperaban, sin fin, ver salir a sus dueños, desapareciendo, luego, junto a ellos. En este sitio, donde el refugio infalible estaba en las casitas, limpias siempre, hablábamos, con un hilillo de voz, antes con Magdalena, después con Angel, como destejiendo las cuentas de una conversación cotidiana. Desde lejos, llegaban los silbos de los trabajadores, albañiles que, como en el más santo oficio, construían, tranquilos, esas pequeñísimas y apacibles moradas. Parecía no haber injuria, allí. Había una música secreta, la del viento, holgada y fina a la vez, que nos traía las otras voces, las de afuera, afiebradas. El tiempo era antiguo, allí, y por él sabíamos que todas las cosas estaban en la tierra, por él sabíamos que este era el sitio en el que más firmemente la tierra nos sujetaba. Sin embargo, cuando nos íbamos, ellos, sus minúsculas casitas, parecían flotar en el aire. 

 

 

Rosario, 6 de diciembre de 2001 a 26 de julio de 2003.